Después de negar la existencia de Dios durante casi 60 años, Anthony Flew, el ateo más destacado del siglo XX, sorprendió a todo el mundo cuando se convirtió al deísmo en 2004. Esta impactante revelación fue cubierta por los principales medios de comunicación del mundo en ese momento. No es de extrañar que se la calificara como la noticia religiosa más importante del nuevo milenio. La pregunta que nos hacemos es qué hizo que este renombrado filósofo cambiara de opinión. La respuesta es simple: nuevas evidencias científicas.
Según sus propias palabras, la filosofía de vida de Flew siempre fue seguir la evidencia hasta donde quiera que le llevara. Según él, su conversión cumplió con este principio. Desde su juventud y durante décadas, sostuvo públicamente el argumento de que no podía creer en Dios porque la ciencia no podía demostrar su existencia. Pero en su vejez, comenzó a afirmar que los recientes descubrimientos científicos apuntaban en una dirección diferente. Fue así como el ateo más notorio de su época revisó sus creencias acerca de lo divino.
En su último libro, «Dios existe», publicado en 2007 (solo tres años antes de su muerte), este pionero del ateísmo moderno explicó en detalle los principales hallazgos científicos que inspiraron su nuevo pensamiento. Algunos de ellos, se basan en estudios de prestigiosos científicos como el biólogo Francis Collins (que dirigió el Proyecto Genoma Humano), el bioquímico Michael Behe, el físico y astrobiólogo Paul Davies, y el matemático y cosmólogo Frank Tipler, entre otros.
En primer lugar, los recientes avances en biología molecular, que han revelado la extraordinaria complejidad del ADN, llevaron a Flew a concluir que la vida no podía ser producto del azar, sino del diseño inteligente de una mente superior. En concreto, él afirmo que el material del ADN demostraba mediante su complejidad casi increíble que las condiciones necesarias para producir vida solo podían haber sido diseñadas por una inteligencia superior, que había intervenido para que los elementos extraordinariamente diversos del AND funcionaran juntos. Sus palabras textuales han sido las siguientes: “la enorme complejidad con la que se lograron los resultados me parece obra de la inteligencia… La probabilidad de que surja una entidad autorreplicante de este tipo es infinitesimal».
En segundo lugar, los avances en la física y la cosmología contemporáneas llevaron a Flew a apoyar el argumento del ajuste fino, que plantea que el cosmos parece estar diseñado para permitir la vida. Para ahondar más en este pensamiento, debemos comprender primero que el universo se rige por varias constantes físicas fundamentales, como la gravedad, la velocidad de la luz y la constante de Planck, entre otras. Estas invariantes tienen valores específicos que, si fueran incluso ligeramente diferentes, harían imposible la formación de estrellas, planetas y, en última instancia, la vida humana. La idea detrás de este planteamiento es que una inteligencia superior ha sido la responsable de ajustar todas estas constantes en esos valores exactísimos, que de no tenerlos, no estaría hoy aquí.
Flew insistió en que su nueva perspectiva no era el resultado de una experiencia sobrenatural. No oyó una voz del cielo ni vio una luz brillante, ni fue testigo de un milagro (como le ocurrió a San Pablo). Flew simplemente analizó las evidencias científicas de diversos campos del conocimiento y siguió el camino que estas le marcaban.
Dado que su nueva postura no era fruto de ninguna revelación divina, afirmó no conocer el nombre de ese Dios. Sin embargo, después de analizar a profundidad todas las religiones del mundo, expresó que, si el diseñador del universo tuviera que elegir alguna forma de revelarse a la humanidad, lo más probable es que fuera de la forma en que lo ha hecho el cristianismo. En su último, escribió estas palabras: “si esperamos que la Omnipotencia establezca una religión, el cristianismo es la que tiene las mejores credenciales”.
Sus escritos revelan una gran admiración por el cristianismo. Especialmente, Flew se sentía cautivado por la combinación entre la figura carismática de Jesús y un intelectual de primera clase como San Pablo, a quien describió como “una mente filosófica brillante”, capaz de hablar y escribir en todas las lenguas relevantes de su época.
De alguna forma, su pensamiento nos recuerda a otros intelectuales de clase mundial como el reconocido matemático Jhon Lennox, autor del libro God’s Undertaker: Has Science Buried God?, que afirma constantemente en entornos científicos y académicos que la fe en Dios, y especialmente el cristianismo, es una creencia basada en evidencia sólida y convincente, no en una fantasía.
En resumen, puedo decir que, a lo largo de la historia muchos ateos se han convertido en creyentes en Dios. Sin embargo, la conversión de Flew es la más controvertida y publicitada de todas por dos razones. En primer lugar, por su gran influencia en el ateísmo moderno. De hecho, expertos como Roy Abraham Varghese y Alister McGrath lo han catalogado como el máximo referente del ateísmo filosófico anglosajón de la segunda mitad del siglo XX. En segundo lugar, porque su cambio de postura no fue producto de una revelación divina, sino de una revelación científica. En definitiva, esta es una historia acerca de cómo la ciencia puede también revelar las maravillas de Dios…Y cuando la ciencia anuncia sus grandezas, ¿están tus sentidos realmente abiertos a la evidencia?