“Lo esencial es invisible a los ojos”, esta famosa frase del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry describe a la perfección la historia detrás de muchos niños talentosos.
Al contrario de lo que uno pudiera imaginar, no es fácil identificar virtudes excepcionales en los niños. Con mucha más frecuencia de lo que imaginaríamos, el entorno de los niños talentosos, lejos de reconocer en ellos un diamante en bruto, puede llegar a pensar que son niños problemáticos. Es cierto; no acontece en la totalidad de los casos, pero sucede mucho más de lo que debería.
El psicólogo James Webb, uno de los 25 psicólogos más influyentes en el estudio del talento y la sobredotación, afirma en su libro Misdiagnosis and dual diagnosis of gifted children and adults que hoy en día está ocurriendo una gran tragedia ante nuestros ojos: no solo no se identifican sus talentos, sino que incluso se están valorando a los niños más brillantes como trastornados.
Para el conocido psiquiatra Allen Frances, esto último ocurre debido a que diferencias individuales en los niños [y más aún en los talentosos] que son esperadas, y hasta deseables, son etiquetadas de forma negativa en nuestros días. De alguna forma, pareciera que la sociedad tiene la tendencia a ver lo que es diferente como perjudicial. Pero lo distinto no necesariamente es malo, y esto es sobre todo una realidad cuando hablamos de talentos.
Aunque, esta tendencia quizás no sea única de nuestra época. Las historias de personas que demostraron ser excepcionales durante toda la historia humana nos recuerdan que el talento es frecuentemente invisible ante los ojos de la mayoría. Por ejemplo, un profesor de biología de John Gurdon (quien tiene ya más de 90 años) afirmó en su etapa escolar que su trabajo (el de Gordon) era desastroso, su rendimiento era insatisfactorio hasta el punto de obtener solo 2 puntos de 50 posibles, que tenía problemas para asimilar los contenidos más básicos, que ni escuchaba ni seguía instrucciones, que solo insistía en hacer el trabajo a su manera. Paradójicamente, también predijo que Gurdon jamás podría llegar a ser científico, intentarlo sería una pérdida de tiempo.
Pero, Gurdon no solo se convirtió en lo que supuestamente era imposible para él (ser científico) en la edad adulta, sino que llegó a ser uno de los mejores, de los más influyentes, de esos que cambian todo a su paso. De hecho, Gurdon fue galadonado en 2012 con el premio Nobel en medicina y fisiología por sus aportes en reprogramación celular, que sentaron las bases para el desarrollo de nuevos tratamientos con células madre y mejoraron la investigación relacionada con las enfermedades celulares. De esta forma, sus hallazgos, junto a los de Shinya Yamanaka, transformaron la forma de hacer medicina regenerativa. Ellos marcaron un antes y un después.
Este relato no es atípico. Ha sido una constante en la vida de muchísimos cerebros brillantes como relatan los artículos Genios y malos estudiantes del ABC de España, y From “no hope” to Nobel de The Times Higher Education. También Linda Silverman, una de las psicólogas más reconocidas en el campo de las altas capacidades intelectuales, hace referencia a este fenómeno es su libro Giftedness 101. Allí Silverman asegura que la vasta mayoría de los niños más talentosos no ha sido identificada: los visibles son solo la punta del iceberg.
La razón de porque no han sido identificados es porque el talento no se manifiesta de la forma en la que esperamos, sino de la forma en la que no lo esperamos. Para sorpresa nuestra, se manifiesta de una forma que (incluso) es frecuentemente malinterpretada.
Por eso, si eres padre te invito a ver no solo lo superficial en tu hijo, te invito a apreciar el talento que quizás esté oculto, incluso detrás de etiquetas negativas. Te invito a descubrir el mundo de lo invisible. Porque los diamantes en bruto se confunden frecuentemente con piedras de menor valor y solamente un microscopio especializado tiene la agudeza suficiente para detectarlos.